Por VeroEl departamento estaba desordenado y sucio, todo muy de él, obvio que aunque viviera solo no podía haber cambiado tanto. A la mañana me desperté sola en la cama. Me acuerdo de haber pensado: “qué estoy haciendo”, pero esa sensación la tenía cada vez que estaba con él, todo resultaba tan familiar, tan parecido a lo de siempre, que no se explicaba mucho esa emoción interna que sentía, una emoción de querer salir y gritar que todo fuera distinto. Encima después vino con el desayuno y con facturas y dijo que me había comprado las que me gustaban a mí.
Y yo ya estaba lanzada sobre la tele, que apenas enganchaba algún canal de aire, para ver lo que estaba pasando. Le pregunto si vio saqueos afuera, si vio a la policía, si vio algo, y él me responde:
-No sé, está todo muy tranquilo, no hay nada.
En un canal mostraban la Plaza de Mayo. No había casi nadie. Habían reprimido la noche anterior. Seguían los saqueos, De La Rúa declaró el estado de sitio. Estaban prohibidas las manifestaciones, pero ese día nadie podía prohibir nada.
-Tenemos que ir –dije.
-¿Adónde?
-¡A la plaza!
Sacó la pava del fuego. Dejó de mirarme a los ojos, como hacía siempre cuando no estaba de acuerdo con algo. Empecé a vestirme. Mi ropa había quedado tirada alrededor, mezclada con la de él, que se caía de la puerta abierta del armario. En lugar de renovar su guardarropa cada tanto, Eric acumulaba. Seguro que no usaba ni la mitad de lo que tenía, pero igual me sorprendió ver el buzo azul que llevaba puesto todo el tiempo cuando salíamos, que le había regalado su abuela a los quince y ya le quedaba chico a los dieciséis. Me dio ternura primero, pero enseguida pensé: “éste no se desprende de nada”, y no quería seguir sintiendo ternura de eso. Le dije:
-Yo me voy. Si vos también querés venir, vamos.
Salimos a la calle sin desayunar. Yo me había dado cuenta en seguida de que pasaba algo importante. La gente cruzaba la calle por cualquier lado, los autos no respetaban los semáforos, los supermercados cerraban temprano y los almacenes y los kioskos de los barrios, si podían, atendían con la persiana baja. Yo estaba contenta de que viniera algo grande, como una ola, que se los llevara a todos puestos. Me acuerdo de que mi viejo puteaba, dormía poco, gritaba todo el tiempo, mi vieja agachaba la cabeza y eso a mí me daba más ganas todavía de que se le viniera el mundo abajo, a él y a los viejos de mierda de todas partes.
Eric dijo:
-Me parece que va a haber quilombo.
Era lo único que decía.
Había bastante gente cuando llegamos a la plaza. Algunas eran columnas organizadas: piqueteros, partidos de izquierda. Pero la mayoría eran personas que habían ido solas o en grupo, para ver qué pasaba. Estar ahí, violando el estado de sitio, era resistir. A Eric se lo veía muy asustado. Me daba tanta bronca que yo ni le hablaba. Miraba a todos lados, especialmente detrás de las vallas, a un costado, donde estaba la policía montada.
La gente saltaba y cantaba. Me metí en un grupo del Partido Obrero, creo, que habían llevado bombos y parches. Me acuerdo de un gordo con la camisa desabrochada, que saltaba. Le veía subir y bajar la panza, una panza gorda y plena de muchos asados. Era mayor que yo. Pensaba por qué saltaba él, si era distinto o parecido a lo mío, una chica de Belgrano, que de Europa se vino a la Plaza de Mayo. En realidad que no importaba, todos teníamos nuestras razones, pero por fin coincidíamos en algo.
Eric apareció corriendo entre la gente, me arrastró de la mano.
-Soltaron los caballos –gritaba.
Las columnas se dispersaron, un viejo tropezó y se cayó al lado mío, lo ayudé a levantarse y corrimos por avenida de Mayo. Yo miraba para atrás y no lo podía creer: los caballos seguían avanzando. Los canas golpeaban a la gente con los bastones. Tiraban gases. No les importaba nada.
Nosotros íbamos unos cincuenta metros más adelante. Eric tosió, a mí me picaban la garganta y los ojos. Nos metimos junto con otra gente en la entrada de un edificio, apretados unos contra otros en la puerta de hierro. Él me abrazó.
-No llores –dijo.
Sonó un estampido. Los caballos nos pasaron por al lado. Uno amagó con tirarse contra nostros, pero se echó para atrás a último momento. Escuché un grito. Después, más gente corriendo.
Antes de salir, un tipo se asomó para asegurarse de que ya habian pasado los caballos. Otros fueran saliendo de las entradas de los edificios alrededor. Se iban juntando sobre la mitad de la calle. Una mujer gritaba frenética, doblada encima de un bulto ensangrentado.
-Un médico –gritó–. Una ambulancia. Algo…
Nos acercamos a ver qué pasaba. Primero no me di cuenta. Después lo reconocí de golpe. Era el mismo gordo que saltaba un rato antes en la plaza. La camisa era un montón de trapo. Un tiro, algo, le deshizo la panza.
Yo tenía veinte años.
Miré para otro lado. Eric también. Fuimos hasta la esquina, doblamos por Perú y nos metimos en Florida, hasta Lavalle.
No dijimos nada.
En el Obelisco también se junto gente. Habían armado una fogata con maderas, llantas o algo. Yo le dije a Eric que me iba a casa.
-Te acompaño –dijo.
-No, gracias.
Creí que iba a insistir, pero al contrario, él también parecía aliviado. Nos abrazamos. Mientras volvía en el colectivo seguían las manifestaciones, los cacerolazos. Yo me largué a llorar. Al día siguiente Eric llamó a mi casa, pero la sensación de que terminaba algo y empezaba algo distinto, era demasiado grande como verlo otra vez.
A mí me pareció que él entendió lo mismo porque después de dos o tres llamados, no supimos más del otro.